Terror americano

Las películas de terror son una demanda muy potente por parte del espectador debido a la sensación que estas películas generan sobre ellos. La potencia dominante en la industria cinematográfica, sin duda alguna, es Estados Unidos, debido a la gran variedad de recursos que poseen. Por ello, el cine de terror no se queda atrás y siempre apuestan las películas con grandes presupuestos.

Hablemos ahora de ejemplos especifícos, por los cuales EEUU destaca como potencia cinematográfica.

  • PLAN DIABÓLICO de John Frankenheimer

La película trata sobre Arthur Hamilton, un hombre hastiado de la vida que lleva, con un trabajo monótono en un banco y un matrimonio que hace aguas por todas partes. Un día recibe una llamada telefónica de un viejo amigo, al que creía muerto. Este le habla del fabuloso cambio que se ha producido en su vida, tras haber entrado en contacto con una enigmática organización, que ofrece a sus clientes la posibilidad de comenzar una nueva existencia, más plena y feliz, convertidos en otras personas. Seducido por tan estimulante propuesta, Hamilton requiere los servicios de dicha organización, sin sospechar que está a punto de sumergirse en la más horripilante de las pesadillas.

La película es, tal vez, el más destacable de todos ellos, una atípica cinta fantástica concebida en parte como un experimento cinematográfico formal, en parte como un desasosegante drama kafkiano. La parte experimental se explicita en el recurso a los entonces insólitos travellings en primer plano, en las numerosas escenas rodadas cámara en mano (práctica poco habitual en aquellos años), en ese montaje sincopado que produce desasosiego en el espectador, y en el generoso y a mi juicio no siempre acertado empleo de la lente distorsionante popularmente conocida como objetivo de ojo de pez.

El argumento del film gira en torno a dos temas principales: el miedo a envejecer y la insatisfacción que produce una vida vacía y sin alicientes. El protagonista es un hombre agobiado por una existencia gris y anodina, y también por la sensación de que ésta va aproximándose a su ocaso. Es ese temor el que empuja a Hamilton a entrar en contacto con La Compañía por intermediación de su viejo amigo Charlie, y a ponerse en manos de sus cirujanos. La intervención se salda con éxito, y Hamilton,renacido como el joven, vital y apuesto pintor Antiochus Tony Wilson, inicia una nueva existencia, tutelada en la sombra por La Compañía, que estará sembrada de inesperadas dificultades y no será ni tan plena ni tan esperanzadora como él esperaba.

La cinta se beneficia de un reparto cuidadosamente seleccionado por el propio Frankenheimer, encabezado por un sorprendente y magnífico Rock Hudson, en un papel muy alejado de sus agradables aunque a veces un tanto empalagosas interpretaciones en comedias ligeras y melodramas de empaque. Hudson, que en los sesenta luchaba denodadamente por librarse del incómodo encasillamiento como sex-symbol masculino, acogió con entusiasmo el proyecto de »Plan Diabólico» y ofreció la que yo no dudo en calificar como la mejor actuación de toda su dilatada y brillante carrera.

  • PESADILLA EN ELM STREET de Wes Craven

La cinta trata sobre varios jóvenes de una pequeña localidad que tienen habitualmente pesadillas en las que son perseguidos por un hombre deformado por el fuego y que usa un guante terminado en afiladas cuchillas. Algunos de ellos comienzan a ser asesinados mientras duermen por este ser que resulta ser Freddy Krugger, un hombre con un pasado abominable.

La inspiración para crear al personaje le vino a Wes Craven cuando pudo unir dos recuerdos de su infancia. El primero, el terror que le provocó un hombre cuando una noche, mirando Wes por su ventana, un extraño (ataviado con un sombrero que le ocultaba el rostro) no le apartaba su mirada. El segundo, la aparición de una noticia en los periódicos que explicaba la incompresible muerte de un chico mientras dormía, que llevaba semanas alertando a sus padres de que las pesadillas que sufría eran demasiado reales. Incluso escondía cafeteras para ir tomando café de madrugada sin que nadie se enterase, idea que finalmente utilizó el realizador en el guión. La aterradora imagen de Kruegger es, pues, fruto de esta relación de vivencias que podríamos haber tenido cualquiera de nosotros, y posiblemente sea esta sencillez de relación de conceptos la que provocó una reacción positiva tan multitudinaria.

Aspectos por los que hacen la película ha estado tan bien valorada.

La originalidad que llevó a la gran pantalla. Ya habíamos conocido a otros psicópatas, desde Norman hasta Jason, pero su realismo (es decir, su existencia física) hizo que se tratase de peligros «comunes». Eran personajes que lamentablemente podemos encontrar en la vida real (recordemos al asesino del Zodíaco, llevado varias veces a la gran pantalla – la última por David Fincher en 2007) y que, aunque es evidente que nadie quiere convertirse en una de sus víctimas, somos tan curiosos que nos gusta sentir ese miedo durante dos horas.

El segundo, el potente vínculo que se crea entre la heroína y el asesino. Nancy es una adolescente seria, responsable… muy fuerte. Tanto que consigue enfrentarse a Krueger con un coraje que nos deja asombrados. Freddy la persigue, debe cumplir con su misión (eliminar a los hijos de los que le asesinaron)… pero es una persecución obsesiva. Las peleas entre los dos personajes, la búsqueda continua de uno y otro para medir sus fuerzas, la tensión que se genera tanto en sus peleas como en los preparativos de Nancy para atraparle en el mundo real… llega un momento en que parece que uno no es nadie sin el otro. Su relación se convierte en una mezcla de amor odio sin precedentes, a caballo entre la de  «la bella y la bestia» y otra muy parecida que pudimos saborear años después, la de El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991) entre Clarice y Lecter.

Pesadilla en Elm Street es, ante todo, una de las género slasher más impescindibles. Eso sí, para ser fiel a la saga y no perder nunca el norte, hay que tener en cuenta una cosa: la segunda parte, como si no existiese. Uno, tres, cuatro y cinco. Y punto.

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